domingo 30 de marzo de 2008

Democracia y Gobernabilidad en Europa

Quiero compartir con los lectores del blog el primer ensayo escrito para la preparación de las oposiciones al Cuerpo Superior de Administradores Civiles:
Para tratar sobre el tema de “Democracia y Gobernabilidad en Europa” es fundamental, antes que nada, exponer brevemente lo que se va a entender por ambos términos en lo que se diga a continuación. ¿Qué es la democracia? ¿Qué es la gobernabilidad? Sin necesidad de atender a una definición muy precisa o muy rigurosa de democracia, que en un trabajo que se pretende ágil y breve quizás no tendría mucho sentido, sí pretendo dar una definición desde un punto de vista ético. Constato que, sin necesidad siquiera de acudir a posiciones utópicas, la democracia actual no es una democracia suficientemente democrática. No se puede decir que en un sistema político en el que los ciudadanos se limitan a votar cada cuatro años y no hay un interés por la política más allá de la mera retórica y la mera identificación partidista, estos ejerzan realmente como tales. No actúan como ciudadanos, sino más bien como súbditos, han hecho una cesión de la parte que les corresponde de la soberanía política y han dejado de ser sujetos políticos para convertirse más bien en objetos políticos. Así pues, se busca una democracia que, presuponiendo los requisitos formales de la misma, logre atraer el interés y la participación ciudadana, y logre dar audiencia a este interés.


¿Qué es la gobernabilidad? Para la definición de gobernabilidad, siguiendo a Salvador Giner, señaláremos como fundamentales las siguientes notas. Dice Giner, después de exponer las distintas concepciones (marxista, liberal, conservadora) que una definición genérica de gobernabilidad sería “la cualidad propia de una comunidad política según la cual sus instituciones de gobierno actúan eficazmente dentro de su espacio de un modo considerado legítimo por la ciudadanía, permitiendo así el libre ejercicio de la voluntad política del poder ejecutivo mediante la obediencia cívica del pueblo”. Es decir, la gobernabilidad es el problema de la legitimidad y el buen ejercicio del gobierno en relación a la multiplicidad de impulsos sociales a los cuales éste debe obedecer. Impulsos que, en no pocas ocasiones, resultan contradictorios. Por ejemplo, el pedir al mismo tiempo una bajada de impuestos y un gobierno que responda en cada vez más ámbitos, o la dificultad de compaginar el crecimiento del Gobierno y la eficacia de éste. De los distintos aspectos de la gobernabilidad señalados por Giner –esto es, el dilema legitimidad/eficacia, las presiones y demandas del entorno gubernamental, la reestructuración corporativa de la sociedad civil y la expansión y el cambio tecnológico- nos interesa especialmente el primero: la eficacia del Gobierno, en este caso del muy incipiente gobierno europeo, en atender a las necesidades de los ciudadanos, y la legitimidad o no legitimidad que deriva de que estas necesidades sean o no realmente atendidas.


No puede haber una verdadera democracia política sin una democracia social. No entendemos por democracia social aquí lo que, siguiendo a Ortega, se llamaría democracia morbosa: la obediencia siempre a la mayoría, el rechazo de toda elite o excelencia, o la consideración de la democracia como único factor a seguir. Pero sí la verdadera existencia de un pueblo, que se da cuando el hombre se siente tratado como un ser digno, y siente ser parte realmente de la comunidad política, en la que cuentan sus necesidades y aspiraciones, y de la que se siente que ayuda a formar. Desde posiciones conservadoras, se ha venido rechazando el uso del término “clase trabajadora”. En cuanto a subjetividad o heterogeneidad en la composición social esto puede ser cierto. No hay una clase trabajadora homogénea y que se entienda a sí misma como tal, como sí que se daba en los estadios intermedios de la sociedad industrial. Cabe, sin embargo, en atención al tema expuesto, preguntarse si no hay un conjunto de personas en situación desfavorecida, en una situación, déjese claro, no muy distinta, en cuanto a relegación social, a la antigua clase trabajadora. Personas en situación desfavorecida se pueden hallar en las distintas categorías sociales: los inmigrantes o los mileuristas, pero también aquellas personas que se ven sometidas a condiciones cada vez mayores de flexibilidad y precariedad laboral, e incluso aquellas personas de clase media que viven bien, que componen la gran mayoría del cuerpo social, pero que dedican lo mejor de sus vidas a una actividad productiva, van engriseciendo su vida y sintiendo una cada vez mayor fatiga. Siendo sensatos, ¿estamos a partir de aquí en condiciones de hablar de un demos? ¿Estas personas tienen razones suficientes para sentirse identificadas en la comunidad política, o considerarla, tanto a nivel estatal como europeo, un proyecto ilusionante? ¿Hay una verdadera eficacia en la atención a sus necesidades y aspiraciones, que genere una verdadera legitimación del poder político?


La cuestión del demos europeo debe atenderse desde dos perspectivas, social y territorial, o de configuración de espacios del poder político. A este segundo respecto, Larry Siedentop hace una serie de consideraciones que a mí me parecen importantes. Recuerda con acierto que, durante siglos, se entendió la democracia como algo que no podía funcionar en unidades políticas de gran escala, sino sólo en las antiguas ciudades-Estado griegas (cuyo intérprete fue Pericles en su discurso fúnebre, no sosteniendo los grandes filósofos posturas propiamente democráticas) o de las ciudades- Estado de las que se componía, como un puzzle de multiples piezas, la Italia previa a la reunificación (cuyo teórico más señalado fue Maquiavelo). Montesquieu habla de la dificultad de la aparición de la virtud política sobre la cual se sostienen los Estados no despóticos en grandes espacios, su falta de identificación y la necesidad de una autoridad fuerte para su cohesión. No obstante, estudiando la constitución inglesa y la tradición europea del honor de los señores frente al Rey, Montesquieu habla de la posibilidad de un gobierno moderado cuando existe una aristocracia local que descentraliza el poder y sostiene su honor frente al Rey. Una derrota muy distinta seguirá Francia donde, en las ciudades y núcleos urbanos de alguna importancia, el Rey sustituye a los señores por sus delegados. Esto, por supuesto, es un paso en la creación del Estado Moderno que, tras las Revoluciones Liberales, puede imponer la igualdad ante la ley. Pero, la Historia siempre avanza dando vueltas, fue en su momento un crecimiento del poder despótico y la desaparición de una tradición de libertad de los cuerpos intermedios.


Hoy vivimos, sin embargo, en una sociedad post-aristocrática, de modo que el problema de la libertad y la descentralización del poder hay que planteárselo de un modo distinto. Aquí, siguiendo todavía a Siedentop, nos encontramos con las figuras de los federalistas americanos, cuyos exponentes principales son Hamilton, Madison y Jay, y de un francés que resultará un intérprete genial de la entonces recién nacida democracia estadounidense, Alexis de Tocqueville (de quien me gustaría recordar, si bien no es algo relacionado directamente con el tema, que fue sobrino político del gran Chateaubriand, recuerdo que justifico no sólo por mi admiración, sino por el carácter parecido de los caracteres y posiciones de ambos, aristócratas póstumos). Surge entonces un nuevo tipo de honor político, lo que Siedentop llama honor democrático, que expone Tocqueville –también sabiendo sus posibles amenazas internas futuras- y que, en lo que se refiere a la estructuración del poder, se basa, en el caso americano, que trae diversas ventajas, que podríamos resumir en la descentralización del poder, el refuerzo del valor del pluralismo y, siendo esto algo muy importante en la constitución de un demos, la formación del carácter por la participación en la gestión de los asuntos públicos y la existencia de un poder público más atento a las necesidades ciudadanas.


A partir de aquí, Larry Siedentop, convencido federalista europeo aunque británico, hace una encendida defensa del federalismo como modelo para generar un auténtico demos europeo. Evidentemente, tiene mucha razón, aunque sea por algo tan evidente de que Europa sólo existirá como comunidad política en cuanto la veamos como tal. También porque es la única forma de gestionar la diversidad europea, siendo Europa una civilización muy heterogénea, y de ningún modo una Nación en su formación histórica. Sin embargo, la cuestión más importante en la constitución del demos europeo es, no cabe duda, la formación social.


Aquí, desde luego, sigue teniendo importancia la estructuración política. El poder que resida en Europa será la base a partir de la cual la Unión Europea pueda atender a las necesidades sociales de los grupos desfavorecidos que anteriormente vimos. La realidad se compone de vasos comunicantes, de pescadillas que se muerden la cola. Porque, desde luego, parece también claro que, si el poder europeo quiere constituirse democráticamente, tendrá antes que contar con la adhesión de un demos, con la legitimidad. Esto, que en otro orden de cosas nos recuerda la dificultad de ser europeos sin un poder público europeo, y de constituir un poder público europeo si no nos sentimos antes europeos, entra en relación con la distinción afortunada de Siedentop entre el modelo británico y el modelo francés de lo que debe ser Europa. Un modelo británico que no ofrece realmente ningún proyecto ilusionante y que quiere ser algo así como un poco más que un mercado único, pero, desde luego, no una federación, y que viene explicado por los tradicionales recelos británicos hacia el continente y por las dificultades en que está entrando la Unión Europea en coordinar un gran espacio político y un poder público democrático en el sentido de responsabilidad y representación. Frente a ello se halla un modelo francés federalista, sí, pero burocrático, con una burocracia quizás no hostil pero sí ciertamente fría hacia la ciudadanía, que no contribuye precisamente a la formación de esta, basada en una determinada concepción del servicio público.


Así pues, oscilamos entre un modelo británico en el que –copiando la fórmula marxista- la Unión Europea es el Consejo de Administración de las grandes empresas, o poco más, y un modelo francés burocrático no precisamente de alma democrática, sino más bien corporativo y elitista. Las perspectivas, pues, de la democracia en Europa son ciertamente halagüeñas. Hay, pues, un problema de representación, una Unión Europea que está más cerca de los intereses económicos que de la respuesta a las inquietudes de la gente de a pie (piénsese, por poner sólo un ejemplo, en lo sagrado de la contención de la inflación y el déficit público, y la inexistencia de una política efectiva en respuesta a las deslocalizaciones) y una burocracia difícilmente apelable. Despotismo público y privado que se retroalimentan mutuamente. Una burocracia y un poder público poco responsables continúan, desde luego, siendo poco responsables, en el ejercicio de una política de seguidismo de la voluntad del capital.
Hay, pues, claramente, un problema de representación. Un problema de representación cuyas dos principales causas son, a mi parecer, el corporativismo y la conservadora teoría post-materialista de Inglehart.


La conservadora teoría post-materialista, muy en boga en la ciencia política y en sectores supuestamente progresistas, sostiene que, pasada una época donde han desaparecido las grandes desigualdades sociales y se ha superado la amenaza de depauperización anunciada por Marx, las políticas y los ciudadanos se centran en cuestiones simbólicas o de calidad de vida, post-materiales, en oposición a las cuestiones materiales, básicamente de procura existencial. La teoría postmaterialista tiene, sin embargo, muchos peros. En primer lugar, la difícil distinción entre cuestiones post-materiales y cuestiones materiales. Así por ejemplo, la ecología se ha venido considerando como una política post-material pero, desde una concepción profunda de la misma, la materialidad es evidente. Lo mismo sucede con una cuestión tan importante, pese a lo poco planteada, como la posibilidad de reducción de la jornada laboral o de adelanto de la edad de jubilación. En segundo lugar, hay todavía grandes sectores sociales que no han salido de la pobreza, o que están entrando en ella, o que, con grandes trabajos, se mantienen en su margen, o que, teniendo incluso un buen sueldo, están en condiciones de precariedad o extrema flexibilidad laboral. En tercer lugar, el hecho de que las políticas simbólicas, a pesar de la razonabilidad y plausibilidad de algunas de ellas, satisfagan, principalmente, a sectores muy minoritarios, y sirvan realmente de trámite de ocultamiento de políticas materiales urgentes.


Dice Giner que el corporativismo viene a ser algo así como un proceso de evolución torcida del consenso y el acuerdo necesarios en una sociedad civil, que expone como uno de los compuestos necesarios de la gobernabilidad. El corporativismo obtura la representación social de los sectores sociales al margen del mismo, máxime cuando éste logra obtener una consideración semi-oficial. Por ejemplo, el diálogo social empresarios-sindicatos. Y si cito aquí el diálogo empresario-sindicatos es porque dudo de que en él los sindicatos sean una representación de las clases sociales que en Europa se encuentran desfavorecidas, de que sean una representación siquiera de las clases trabajadoras. Unos sindicatos meramente reformistas, que van tras la corriente, que no ofrecen ningún discurso social o económico ajeno en su esencia al de las grandes corporaciones. Quizás en una sociedad civil no sea tan importante el consenso, como el hecho de la posibilidad de plantear el disenso sin que esta se disuelva.


Salvador Giner habla, a este respecto, de tolerancia represiva. Es decir, el hecho de que, sí, las elites corporativas, burocráticas, tecnocráticas, aceptan la manifestación de opiniones disímiles, incluso contrarias, incluso lo consideran un importante valor a salvaguardar, que hace las sociedades “más interesantes”, pero considerando que sólo ellos hablan de la realidad, que sólo ellos sostienen posiciones realistas, realizables, y que lo demás son juegos de manos, entretenimientos, ejercicios estéticos. Esto, desde luego, abre un problema. Si el ofrecimiento del uso de la palabra es, en la práctica, la negación de la importancia del uso de la palabra, se plantea la cuestión de qué nos queda, de cuál es la vía. Porque desde luego no la violencia, que siempre, y sobre todo cuando se ofrece como revolucionaria y salvífica, es de hech, una intolerancia represiva, un ejercicio de totalitarismo al lado del cual la tolerancia represiva es, al menos formalmente, y es sabida la importancia de las formas en democracia, infinitamente mejor, ya que, al menos, no ejerce violencia cuando se produce la manifestación de opiniones contrarias. Por aquí pasa, por ejemplo, la vieja disputa Sartre-Camus.


Para terminar, quiero hacer un planteamiento desde un punto civilizacional, que es donde siempre se halla la raíz de los problemas. El problema fundamental es que nuestro modelo antropológico gira hoy en torno a la individualidad económica tanto en el pensamiento marxiano como en el pensamiento liberal. Larry Siedentop, desde una perspectiva claramente liberal, dice que la solución es subrayar el individualismo como fuente de derechos frente al individualismo puramente económico. Esto puede ser cierto, pero desde una perspectiva antropológica resulta muy difícil separar el individualismo del economicismo. Para superar un modo de vida excesivamente atento al desempeño económico creo que hay que superar, desde una perspectiva más profunda, la concepción del hombre y del mundo, el actual modelo de civilización. No en el planteamiento de un modelo determinado de hombre, lo cual sólo serviría para sustituir una ingeniería social por otra, sino para acudir a un modelo profundo de persona donde el hombre pueda decidir realmente quién es, y sea consciente de todas sus posibilidades de elección y realización vital, humana, cultural, relacional, espiritual, etc. Subrayar la importancia de una educación humanista frente a una educación pensada para la competitividad y el mercado laboral.

Refiriéndonos a algo más limitado, Siedentop critica, con razón en algunos casos, pero falta de generosidad en otros, a los comunitaristas, exponiendo que el modelo liberal ofrece también un orden social articulado, sin las restricciones de una comunidad. Por supuesto, y también ofrece el modelo liberal una biopolítica, un total aplanamiento del mundo. Yo creo que si hay que defender el valor de lo comunitario no es por miedo al desorden social, sino por creer en la diversidad del mundo, creer que sólo en una comunidad pueden realizarse relaciones humanas en toda su riqueza, porque mientras que en el modelo liberal prima lo particular en el modelo comunitario prima lo personal, porque lo comunitario es lo hecho desde abajo, la intra-historia de Unamuno, porque una comunidad de hombres es la base necesaria de una comunidad política.