lunes 21 de abril de 2008

Belle Époque

Siendo valenciano, y siendo Valencia una región donde el modernismo estuvo bastante presente, siempre he asumido como natural que, incluso en los pueblos, haya un importante número de edificios modernistas, y que en las ciudades este importante número se multiplicase y, además, se revistiese de grandeza. Yo mismo, en mi pueblo, Picassent, un pueblo mediano, de unos 17.000 habitantes, vivo en un palacete modernista del año 27. Por eso, en el pasado viaje familiar, en que fui con mis padres, mi hermana y su marido a Ávila, ciudad que nunca había visto, y en el que hicimos una pequeña excursión a Segovia, ciudad que ya conocía pero que me alegré mucho de volver a pisar, no pude dejar de notar la escasez de edificios modernistas como algo raro en el ambiente. Ávila, debo decirlo, me pareció preciosa, una de esas ciudades donde no me importaría vivir, pero esa belleza era, no obstante, una belleza donde me faltaba algo a lo que estaba acostumbrado.
Yo, pobre de mí, pensé en el carácter de centros eminentemente administrativos, y más bien cerrados, de las ciudades castellanas a principios del Siglo XX. Evidentemente, el modernismo, presente en otras regiones o ciudades, fue obra de una burguesía que pretendía introducir en las ciudades un aire renovador. La arquitectura crea ambiente, y ética es estética. No debe extrañarnos, aunque sea una cuestión aparte, que en estos tiempos hiper-acelerados, utilitaristas y hedonistas prime un estilo de arquitectura y decoración basado en lo funcional, en las líneas mínimas, para mí muy poco atractivo. Pero a lo que iba. Seguramente, en tierras de Castilla, el poco modernismo que hubo se debía a algún pionero, pionero en muchos casos donde se confundía la chispa de genialidad con una atribilaria locura. Mi primer pensamiento fue que la carencia de arquitectura modernista en esas ciudades era una especie de pecado original.
Me vino a la mente, empero, enseguida, toda la frivolidad que escondía la Belle Époque. Esa frivolidad de traje de lentejuelas, revista de modas y mujer-escoba. Frivolidad encantadora pero no por ello menos frívola. También, en otro orden de cosas, la mentalidad garrula de los nuevos ricos que levantaron muchos de los edificios del cambio de siglo. La belleza la ponía el arquitecto, pero ellos simplemente se dejaban llevar por la moda, por lo nuevo. Patanes entre volutas. Aquella frase del Marqués de "La Regenta", que, si no recuerdo mal -hace ya tiempo que releí la novela- quería echar abajo la Catedral para abrir un mercado. Y pensé en el carácter castellano, que, casi siempre, más que un fanático vestido de negro viviendo rodeado de tías beatas, era un hombre serio, sobrio, honesto, que oteaba el horizonte. Pensando esto, me di cuenta de que, en muchos casos, los provincianos no eran los abulenses o los segovianos, sino los burgueses modernistas a la violeta que pretendían dárselas de cosmopolitas.

1 comentarios:

alejops dijo...

No hay (casi)nada en España que se compare con esa belleza sobria de Ávila, Segovia, Toledo... Quizá en otras ciudades castellanas como Valladolid o incluso León sí se pueda encontrar ese modernismo, (que también tiene su encanto).
Es una delicia que esas joyas se conserven tan bien, y más mérito aún teniendo en cuenta el gigante horrible que les acecha a unos 100km.
Saludos