Tras el artículo de costumbres estilo "otra generación del 27" del otro día, "Idea tragicómica del matrimonio", he aquí un mini-cuento, también sobre el matrimonio, pero de argumento distinto. Viene a ser una crónica irónico-retro de costumbres decimonónicas:
-No pienso casarme con él, no me pueden imponer un matrimonio de conveniencia -dijo la hermosa joven, atrincherada en su virginidad intrépida.
-Dice muy bien, excepto en una cosa, yo me casaría con usted simplemente por su hermosura -respondió el joven dandy, de buena familia, arruinada, y pasado incierto (entre farra y farra).
-¡Oh! -exclamó la joven, con mejillas sonrosadas por el rubor- tiene usted un corazón tan noble.
Le miró a los ojos, quedando hipnotizada.
-Yo también me casaría con usted.
-Así pues, está hecho. No queremos su bendición, ni su dote, ni sus influencias -espetó el resoluto joven a los padres de él y a los padres de ella.
-Pero hijo mío, ¿vais a quedar en la calle? -pregunta el padre de él.
-No del todo, soy oficial en la oficina de rentas etern...digo perpetuas.
-¿Pero vais a tener suficiente? -preguntan los padres de ella.
-Bueno -titubea la hermosa joven, no queriendo que el nombre de la familia de él se deslustrase en una calle del suburbio- ¿no creeis que nuestro amor sería igual de sincero si nos diesen un empujoncito?
-Tal vez, tal vez -considera el joven elegante, especulando sobre la tristeza de una posible vida sin brillantez, y sobre lo conveniente de tener al mismo tiempo el ángel terrenal y la bolsa llena de cuartos.
-De este modo -pregunta alguien que escucha el relato- ¿se casaron finalmente ambos por conveniencia?
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