Decíamos ayer…
La gente habla normalmente de los lugares comunes, hasta el punto de que eso de los lugares comunes ha pasado a ser, por su propio derecho, un lugar común. Hemos llegado a un punto en que casi no hay crítica más ordinaria que el decir que una creación o una idea cae en lugares comunes, aunque lo simple de la crítica no da certificado de validez a aquella obra falta de toda originalidad, no entendida como capacidad de epatar –lo cual es cada vez menos original- sino de retornar a los orígenes para replantear la tradición con voz propia. Pero no es de eso de lo que quiero hablar aquí. Aunque de hecho comience mal, criticando lo ordinario de las críticas que caen en el lugar común de señalar que una determinada creación cae en lugares comunes. La pescadilla que se muerde la cola. De lo que quiero hablar es de los lugares perdidos.
Todos, con tal de que hayamos vivido ya unos pocos años, acuñamos una serie de lugares perdidos, escenas de película que no sabemos a qué película pertenecen, música que tarareamos sin saber por qué ni de dónde nos la hemos sacado, cosas que creemos haber leído pero que no encontramos en nuestra biblioteca. Esto, al contrario de la respuesta fácil, no es, puramente, cuestión de memoria. Es obvio que, en muchos casos, no nos acordamos como limitación de nuestra memoria, pero también lo es que recordamos esos fragmentos gracias a ella. Tenemos muchos intereses dispersos, fragmentarios, no intencionados, en los que simplemente nos dejamos llevar, lo cual, por otra parte, es algo esencial en el conocimiento del mundo.
Si no nos mantenemos siempre abiertos nos perdemos muchas cosas, y cuando crecemos todos, incluidos los que presumimos vanamente de tener alguna inquietud o vocación intelectual, que si no es puro academicismo pasa por la observación de la vida y de los hombres, de las pequeñas tragedias y de las pequeñas alegrías, nos cerramos en cuatro paredes. Unos con una cultura de subproducto, otros con lo “intelectualmente serio” o lo “intelectualmente solvente” o las “cuestiones centrales”, cuyos criterios de determinación son, la mayor parte de las veces, oscuros. No obstante, inconscientemente, o involuntariamente, prestamos en ocasiones atención a cosas que no entran dentro de nuestra esfera normal de preocupaciones. ¿Quién no se ha dejado llevar por una sensación de atracción que un determinado objeto de atención, por banal que fuera, ha ejercido sobre él?¿Quién no se ha encontrado a sí mismo haciendo especulaciones extrañas sobre asuntos, digamos, curiosos?¿Quién no se ha sentido nunca una maruja de patio de vecinos, o no ha entrado nunca en foros o páginas de informaciones o contenidos dudosos, por el mero ánimo de explorar?
Es en esta dispersión de nuestro interés de donde surgen los lugares perdidos. Escenas de películas que no nos interesaban en absoluto, o que no tuvimos en ese momento tiempo de ver, pero que nos retuvieron durante unos instantes frente a la pantalla de televisión. Música que oímos no se sabe dónde, quizás por la calle, quizás en un anuncio, y comenzamos a tararear, por encontrarla melodiosa, atractiva, o simplemente por considerarla pegadiza. Artículos, relatos, documentos, que leímos un día cualquiera buscando información sobre un tema totalmente extraño, desde teorías de la conspiración que atentaban a nuestra razón pero nos hacían sentir, al mismo tiempo, los más sagaces e inteligentes, a asociaciones inusitadas de ideas que nos inspiro no se sabe que extraña musa, musa que seguramente se hallaba bajo los efectos de algún tipo de alucinógeno. Son, por así decir, nuestra parte bizarra. Aquella parte que no hemos sometido a plan, ni siquiera a voluntad sostenida o a elección meditada, matización necesaria porque sería, de algún modo, horrible, que el tronco de nuestra vida estuviese sometido a planificación más allá de lo puramente necesario para no perdernos en mil meandros y no llegar a ningún sitio. Y es por esta bizarría por la que recordamos esos lugares perdidos. Continuamente nos sometemos a flujos diversos de información, ya sea letra escrita, ya sea música, películas, teatro, que olvidamos, o que sintetizamos en ideas o impresiones. Los lugares perdidos, sin embargo, los recordamos con mucha mayor viveza. Sobresalen frente a nuestras preocupaciones morales. Sirven como constraste, como límite, de nuestra normalidad. Son nuestro reverso negativo. Por supuesto, aquí negativo no tiene ninguna intención de evaluación moral, sino que su uso es meramente descriptivo.
Los lugares perdidos son también aquello que perdimos, no sólo por falta de recuerdo, sino que perdimos literalmente. Aquello que pudimos ser y no fuimos, aquella potencialidad fracasada, no necesariamente con malos resultados, simplemente sustituida por una bifurcación. Durante un instante, durante un momento, fuimos otros. Los lugares perdidos, así, entran en relación con otro tipo de lugares perdidos, los lugares perdidos físicos, o geográficos. Aquella casa de la que nos mudamos, o aquella casa de campo que, durante nuestra infancia y primera adolescencia, nos semejaba un edén, un eterno jardín, un lugar único, y hoy dejamos de lado ante los bullicios y las pompas de la ciudad, o ante nuestras siempre multiplicadas preocupaciones y ocupaciones. En estos lugares sigue habiendo una imagen de nosotros mismos, una imagen que es de algún modo, un fantasma, una memoria. Quien no tiene una sensación de déjà vu cuando vuelve a esos lugares, una sensación de que estamos reviviendo momentos, sensaciones, que al mismo tiempo nos sucedieron en un tiempo cronológicamente medible, pero que parece perdido en la infinitud, y que sucedieron a otra persona que era yo pero que no era yo. Si se estudia la figura de lo fantasmático en la literatura o en las costumbres populares, es indudable su condición de imagen, de memoria, y esa imagen o memoria, como proyección de nosotros mismos, como individuos o como parte de la comunidad. Quién sabe, quizás algún día, entre mis futuros grandes libros, se halle uno con el título “Imagen y fantasma”, lo cual no sería, seguramente, original, pero, al menos a mí, me parece un tema sumamente interesante.
1 comentarios:
Es que es un tema sumamente interesante, precisamente porque se bifurca en varios subtemas (el sub no implica inferior en ningún caso). Es curioso recaer en los lugares perdidos, a veces recuperados por uno de nuestros seis sentidos; en mi caso, el olfato tiene una importancia superior a los demás. Cuántas veces el olor me ha devuelto, por entero, una vivencia muchos años atrás experimentada.
La música produce el mismo efecto, sin duda.
Una vez mas tu entrada es magnífica y suculenta.
Un abrazo revolucionario. El "contra" lo pones tu.
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