Muse, "Butterflies and Hurricans"...disfruten
lunes 26 de mayo de 2008
viernes 23 de mayo de 2008
Lugares perdidos
La gente habla normalmente de los lugares comunes, hasta el punto de que eso de los lugares comunes ha pasado a ser, por su propio derecho, un lugar común. Hemos llegado a un punto en que casi no hay crítica más ordinaria que el decir que una creación o una idea cae en lugares comunes, aunque lo simple de la crítica no da certificado de validez a aquella obra falta de toda originalidad, no entendida como capacidad de epatar –lo cual es cada vez menos original- sino de retornar a los orígenes para replantear la tradición con voz propia. Pero no es de eso de lo que quiero hablar aquí. Aunque de hecho comience mal, criticando lo ordinario de las críticas que caen en el lugar común de señalar que una determinada creación cae en lugares comunes. La pescadilla que se muerde la cola. De lo que quiero hablar es de los lugares perdidos.
Todos, con tal de que hayamos vivido ya unos pocos años, acuñamos una serie de lugares perdidos, escenas de película que no sabemos a qué película pertenecen, música que tarareamos sin saber por qué ni de dónde nos la hemos sacado, cosas que creemos haber leído pero que no encontramos en nuestra biblioteca. Esto, al contrario de la respuesta fácil, no es, puramente, cuestión de memoria. Es obvio que, en muchos casos, no nos acordamos como limitación de nuestra memoria, pero también lo es que recordamos esos fragmentos gracias a ella. Tenemos muchos intereses dispersos, fragmentarios, no intencionados, en los que simplemente nos dejamos llevar, lo cual, por otra parte, es algo esencial en el conocimiento del mundo.
Si no nos mantenemos siempre abiertos nos perdemos muchas cosas, y cuando crecemos todos, incluidos los que presumimos vanamente de tener alguna inquietud o vocación intelectual, que si no es puro academicismo pasa por la observación de la vida y de los hombres, de las pequeñas tragedias y de las pequeñas alegrías, nos cerramos en cuatro paredes. Unos con una cultura de subproducto, otros con lo “intelectualmente serio” o lo “intelectualmente solvente” o las “cuestiones centrales”, cuyos criterios de determinación son, la mayor parte de las veces, oscuros. No obstante, inconscientemente, o involuntariamente, prestamos en ocasiones atención a cosas que no entran dentro de nuestra esfera normal de preocupaciones. ¿Quién no se ha dejado llevar por una sensación de atracción que un determinado objeto de atención, por banal que fuera, ha ejercido sobre él?¿Quién no se ha encontrado a sí mismo haciendo especulaciones extrañas sobre asuntos, digamos, curiosos?¿Quién no se ha sentido nunca una maruja de patio de vecinos, o no ha entrado nunca en foros o páginas de informaciones o contenidos dudosos, por el mero ánimo de explorar?
Es en esta dispersión de nuestro interés de donde surgen los lugares perdidos. Escenas de películas que no nos interesaban en absoluto, o que no tuvimos en ese momento tiempo de ver, pero que nos retuvieron durante unos instantes frente a la pantalla de televisión. Música que oímos no se sabe dónde, quizás por la calle, quizás en un anuncio, y comenzamos a tararear, por encontrarla melodiosa, atractiva, o simplemente por considerarla pegadiza. Artículos, relatos, documentos, que leímos un día cualquiera buscando información sobre un tema totalmente extraño, desde teorías de la conspiración que atentaban a nuestra razón pero nos hacían sentir, al mismo tiempo, los más sagaces e inteligentes, a asociaciones inusitadas de ideas que nos inspiro no se sabe que extraña musa, musa que seguramente se hallaba bajo los efectos de algún tipo de alucinógeno. Son, por así decir, nuestra parte bizarra. Aquella parte que no hemos sometido a plan, ni siquiera a voluntad sostenida o a elección meditada, matización necesaria porque sería, de algún modo, horrible, que el tronco de nuestra vida estuviese sometido a planificación más allá de lo puramente necesario para no perdernos en mil meandros y no llegar a ningún sitio. Y es por esta bizarría por la que recordamos esos lugares perdidos. Continuamente nos sometemos a flujos diversos de información, ya sea letra escrita, ya sea música, películas, teatro, que olvidamos, o que sintetizamos en ideas o impresiones. Los lugares perdidos, sin embargo, los recordamos con mucha mayor viveza. Sobresalen frente a nuestras preocupaciones morales. Sirven como constraste, como límite, de nuestra normalidad. Son nuestro reverso negativo. Por supuesto, aquí negativo no tiene ninguna intención de evaluación moral, sino que su uso es meramente descriptivo.
Los lugares perdidos son también aquello que perdimos, no sólo por falta de recuerdo, sino que perdimos literalmente. Aquello que pudimos ser y no fuimos, aquella potencialidad fracasada, no necesariamente con malos resultados, simplemente sustituida por una bifurcación. Durante un instante, durante un momento, fuimos otros. Los lugares perdidos, así, entran en relación con otro tipo de lugares perdidos, los lugares perdidos físicos, o geográficos. Aquella casa de la que nos mudamos, o aquella casa de campo que, durante nuestra infancia y primera adolescencia, nos semejaba un edén, un eterno jardín, un lugar único, y hoy dejamos de lado ante los bullicios y las pompas de la ciudad, o ante nuestras siempre multiplicadas preocupaciones y ocupaciones. En estos lugares sigue habiendo una imagen de nosotros mismos, una imagen que es de algún modo, un fantasma, una memoria. Quien no tiene una sensación de déjà vu cuando vuelve a esos lugares, una sensación de que estamos reviviendo momentos, sensaciones, que al mismo tiempo nos sucedieron en un tiempo cronológicamente medible, pero que parece perdido en la infinitud, y que sucedieron a otra persona que era yo pero que no era yo. Si se estudia la figura de lo fantasmático en la literatura o en las costumbres populares, es indudable su condición de imagen, de memoria, y esa imagen o memoria, como proyección de nosotros mismos, como individuos o como parte de la comunidad. Quién sabe, quizás algún día, entre mis futuros grandes libros, se halle uno con el título “Imagen y fantasma”, lo cual no sería, seguramente, original, pero, al menos a mí, me parece un tema sumamente interesante.
martes 6 de mayo de 2008
Nathaniel Hawthorne
Lugares comunes
y con esto:
lunes 5 de mayo de 2008
Revista de Prensa
domingo 4 de mayo de 2008
"Poetas malditos"
sábado 3 de mayo de 2008
Emmanuel Mounier
viernes 2 de mayo de 2008
Mayo del 68, la necesidad de una nueva generación
jueves 1 de mayo de 2008
Chanson de Craonne
Cargado por Horadrim
El "Chant des partisans" es la canción de la Resistencia durante la Segunda Guerra. Creo que no cabe más comentario, si acaso un gran agradecimiento como europeo hacia los hombres que en esa época estuvieron en esa resistencia, pero también en las demás. Y no sólo frente a los nazis, sino en otros frentes, también, hay que recordar, frente a Stalin:
Le Chant des partisans
Cargado por creilenmouvement
miércoles 30 de abril de 2008
La imbecilidad manifiesta de Maruja Torres
Nuestra cultura y la suya. El caso de Holanda.
Retratos
Retratos
En el recibidor de casa,
en la mesita,
hay fotos de mis padres,
de su infancia.
Les miro pequeños,
con rostro infantil,
y pienso en su niñez.
La niñez de una niña
que saltaba a la comba,
de un niño
que jugaba a las canicas.
¿Qué he hecho yo de ellos,
con esos pobres niños,
con esos niños
hoy huérfanos?
¿Cómo he pagado,
cómo pago,
toda la dulzura de su corazón?
¿Cómo cesar
en mi egoísmo?
Quizás,
si en ellos viera
esos niños de dulce rostro
que aún son,
y no unas personas mayores,
extrañas,
como viviendo, digamos,
en otra dimensión,
quizás entonces
mi amor no sería
sólo palabras.
martes 29 de abril de 2008
Revista de Prensa
lunes 28 de abril de 2008
viernes 25 de abril de 2008
El olvido de los nombres
El olvido de los nombres
En el inicio de los tiempos
después de crear el mundo
Dios ordenó a Adán
que a las cosas pusiera nombre.
Cada animal, cada planta
tuvo el suyo
cada uno valía por sí mismo
y por sí mismo era conocido.
Se supo también que,
en el principio, era el Verbo,
y que Dios, Espíritu Santo,
era palabra, logos, razón,
y que todo hombre
tiene un nombre secreto
que sonará en sus oídos
con voz divina
en el final de los tiempos
cuando los cuerpos vuelvan a la vida.
Vivió el hombre un mundo
en el que todo significaba
en el que todo tenía razón de ser
en el que todo tenía un valer propio
en que,
a través de la razón,
de la palabra,
el hombre vivía
en intimidad con Dios.
Llegó un tiempo, sin embargo,
en el que un sabio loco
elucubró,
allá dentro de su mollera,
que no,
que los nombres no servían
para que las cosas existiesen,
que la razón no era el nombre,
que la razón debía dominar
el mundo.
Hoy,
que no queda ningún misterio
nada por explorar
por descifrar
por descubrir
el hombre
es ajeno, sin embargo,
La Naturaleza
es hoy sólo Ciencia
o un lugar de esparcimiento
El hombre ha olvidado su alma
su espíritu, a Dios
el hombre ha olvidado los nombres
el hombre
ya no es nada.
En un jardín de flores
En un legendario jardín de flores
frecuentado por los dioses
donde crecen mil rosas
hay una entre ellas
mucho más bella
al lado de la cual
las demás palidecen.
Esta rosa,
más intuida que conocida
que nunca, ningún hombre,
fue lo suficientemente puro
para alcanzar a admirar
es objeto de mis quimeras.
Si yo tuviera un alma buena
y este mundo, cruel,
no me hubiese pervertido,
sin duda la buscaría
para postrarme a tus pies
y ante ellos ponerla,
pues tu alma buena
y tu rostro de niña
son las dos
únicas flores
comparables.
jueves 24 de abril de 2008
La dama de ébano
En un lejano pueblo tropical
donde los negros
aún practican el vudú
reina la figura
de ébano
de una alta dama
que a aquel lejano poblado
alegrías y penas procura.
En los buenos tiempos,
ella convence a los hombres
para que su ambición
choque con la del vecino,
anima
al joven licencioso
en sus largas orgías
y da, en su colmado,
un bebedizo
a la joven en estado
de buena esperanza.
En los malos tiempos
siembra discordias
y lleva al suicidio
al desesperado.
Esta remota aldea,
sólo conocida
por caminos inciertos
casi indistinguibles
entre la maleza
amenazados por alimañas
por lo cuales
sólo pasan el bandido y el cuatrero,
vive bajo el indiscutido poder
de la dama de ébano
que respondería
con una sonora carcajada
si algún alma bendita
que por un azar hasta allí
hubiera osado llegar
se atreviese a increparle.
La coqueta dama
va siempre vestida
con una larga falda de caña
falda que no permite ver sus piernas
rematadas en una pezuña dorada
tal y como si fuese una cabra
de su mismo color.
lunes 21 de abril de 2008
El paseante en la ciudad (borrador- esquema, más una acumulación de ideas que un texto elaborado, I)
Belle Époque
lunes 14 de abril de 2008
Conveniencia (mini-relato semi-decimonónico)
viernes 11 de abril de 2008
Oposiciones e imposiciones
viernes 4 de abril de 2008
Revista de Prensa (I)
jueves 3 de abril de 2008
Idea tragicómica del matrimonio (o una iconoclastia de derechas, dedicado a una querida prima mía)
domingo 30 de marzo de 2008
The Decembrists. Indie (I)
Democracia y Gobernabilidad en Europa
¿Qué es la gobernabilidad? Para la definición de gobernabilidad, siguiendo a Salvador Giner, señaláremos como fundamentales las siguientes notas. Dice Giner, después de exponer las distintas concepciones (marxista, liberal, conservadora) que una definición genérica de gobernabilidad sería “la cualidad propia de una comunidad política según la cual sus instituciones de gobierno actúan eficazmente dentro de su espacio de un modo considerado legítimo por la ciudadanía, permitiendo así el libre ejercicio de la voluntad política del poder ejecutivo mediante la obediencia cívica del pueblo”. Es decir, la gobernabilidad es el problema de la legitimidad y el buen ejercicio del gobierno en relación a la multiplicidad de impulsos sociales a los cuales éste debe obedecer. Impulsos que, en no pocas ocasiones, resultan contradictorios. Por ejemplo, el pedir al mismo tiempo una bajada de impuestos y un gobierno que responda en cada vez más ámbitos, o la dificultad de compaginar el crecimiento del Gobierno y la eficacia de éste. De los distintos aspectos de la gobernabilidad señalados por Giner –esto es, el dilema legitimidad/eficacia, las presiones y demandas del entorno gubernamental, la reestructuración corporativa de la sociedad civil y la expansión y el cambio tecnológico- nos interesa especialmente el primero: la eficacia del Gobierno, en este caso del muy incipiente gobierno europeo, en atender a las necesidades de los ciudadanos, y la legitimidad o no legitimidad que deriva de que estas necesidades sean o no realmente atendidas.
No puede haber una verdadera democracia política sin una democracia social. No entendemos por democracia social aquí lo que, siguiendo a Ortega, se llamaría democracia morbosa: la obediencia siempre a la mayoría, el rechazo de toda elite o excelencia, o la consideración de la democracia como único factor a seguir. Pero sí la verdadera existencia de un pueblo, que se da cuando el hombre se siente tratado como un ser digno, y siente ser parte realmente de la comunidad política, en la que cuentan sus necesidades y aspiraciones, y de la que se siente que ayuda a formar. Desde posiciones conservadoras, se ha venido rechazando el uso del término “clase trabajadora”. En cuanto a subjetividad o heterogeneidad en la composición social esto puede ser cierto. No hay una clase trabajadora homogénea y que se entienda a sí misma como tal, como sí que se daba en los estadios intermedios de la sociedad industrial. Cabe, sin embargo, en atención al tema expuesto, preguntarse si no hay un conjunto de personas en situación desfavorecida, en una situación, déjese claro, no muy distinta, en cuanto a relegación social, a la antigua clase trabajadora. Personas en situación desfavorecida se pueden hallar en las distintas categorías sociales: los inmigrantes o los mileuristas, pero también aquellas personas que se ven sometidas a condiciones cada vez mayores de flexibilidad y precariedad laboral, e incluso aquellas personas de clase media que viven bien, que componen la gran mayoría del cuerpo social, pero que dedican lo mejor de sus vidas a una actividad productiva, van engriseciendo su vida y sintiendo una cada vez mayor fatiga. Siendo sensatos, ¿estamos a partir de aquí en condiciones de hablar de un demos? ¿Estas personas tienen razones suficientes para sentirse identificadas en la comunidad política, o considerarla, tanto a nivel estatal como europeo, un proyecto ilusionante? ¿Hay una verdadera eficacia en la atención a sus necesidades y aspiraciones, que genere una verdadera legitimación del poder político?
La cuestión del demos europeo debe atenderse desde dos perspectivas, social y territorial, o de configuración de espacios del poder político. A este segundo respecto, Larry Siedentop hace una serie de consideraciones que a mí me parecen importantes. Recuerda con acierto que, durante siglos, se entendió la democracia como algo que no podía funcionar en unidades políticas de gran escala, sino sólo en las antiguas ciudades-Estado griegas (cuyo intérprete fue Pericles en su discurso fúnebre, no sosteniendo los grandes filósofos posturas propiamente democráticas) o de las ciudades- Estado de las que se componía, como un puzzle de multiples piezas, la Italia previa a la reunificación (cuyo teórico más señalado fue Maquiavelo). Montesquieu habla de la dificultad de la aparición de la virtud política sobre la cual se sostienen los Estados no despóticos en grandes espacios, su falta de identificación y la necesidad de una autoridad fuerte para su cohesión. No obstante, estudiando la constitución inglesa y la tradición europea del honor de los señores frente al Rey, Montesquieu habla de la posibilidad de un gobierno moderado cuando existe una aristocracia local que descentraliza el poder y sostiene su honor frente al Rey. Una derrota muy distinta seguirá Francia donde, en las ciudades y núcleos urbanos de alguna importancia, el Rey sustituye a los señores por sus delegados. Esto, por supuesto, es un paso en la creación del Estado Moderno que, tras las Revoluciones Liberales, puede imponer la igualdad ante la ley. Pero, la Historia siempre avanza dando vueltas, fue en su momento un crecimiento del poder despótico y la desaparición de una tradición de libertad de los cuerpos intermedios.
Hoy vivimos, sin embargo, en una sociedad post-aristocrática, de modo que el problema de la libertad y la descentralización del poder hay que planteárselo de un modo distinto. Aquí, siguiendo todavía a Siedentop, nos encontramos con las figuras de los federalistas americanos, cuyos exponentes principales son Hamilton, Madison y Jay, y de un francés que resultará un intérprete genial de la entonces recién nacida democracia estadounidense, Alexis de Tocqueville (de quien me gustaría recordar, si bien no es algo relacionado directamente con el tema, que fue sobrino político del gran Chateaubriand, recuerdo que justifico no sólo por mi admiración, sino por el carácter parecido de los caracteres y posiciones de ambos, aristócratas póstumos). Surge entonces un nuevo tipo de honor político, lo que Siedentop llama honor democrático, que expone Tocqueville –también sabiendo sus posibles amenazas internas futuras- y que, en lo que se refiere a la estructuración del poder, se basa, en el caso americano, que trae diversas ventajas, que podríamos resumir en la descentralización del poder, el refuerzo del valor del pluralismo y, siendo esto algo muy importante en la constitución de un demos, la formación del carácter por la participación en la gestión de los asuntos públicos y la existencia de un poder público más atento a las necesidades ciudadanas.
A partir de aquí, Larry Siedentop, convencido federalista europeo aunque británico, hace una encendida defensa del federalismo como modelo para generar un auténtico demos europeo. Evidentemente, tiene mucha razón, aunque sea por algo tan evidente de que Europa sólo existirá como comunidad política en cuanto la veamos como tal. También porque es la única forma de gestionar la diversidad europea, siendo Europa una civilización muy heterogénea, y de ningún modo una Nación en su formación histórica. Sin embargo, la cuestión más importante en la constitución del demos europeo es, no cabe duda, la formación social.
Aquí, desde luego, sigue teniendo importancia la estructuración política. El poder que resida en Europa será la base a partir de la cual la Unión Europea pueda atender a las necesidades sociales de los grupos desfavorecidos que anteriormente vimos. La realidad se compone de vasos comunicantes, de pescadillas que se muerden la cola. Porque, desde luego, parece también claro que, si el poder europeo quiere constituirse democráticamente, tendrá antes que contar con la adhesión de un demos, con la legitimidad. Esto, que en otro orden de cosas nos recuerda la dificultad de ser europeos sin un poder público europeo, y de constituir un poder público europeo si no nos sentimos antes europeos, entra en relación con la distinción afortunada de Siedentop entre el modelo británico y el modelo francés de lo que debe ser Europa. Un modelo británico que no ofrece realmente ningún proyecto ilusionante y que quiere ser algo así como un poco más que un mercado único, pero, desde luego, no una federación, y que viene explicado por los tradicionales recelos británicos hacia el continente y por las dificultades en que está entrando la Unión Europea en coordinar un gran espacio político y un poder público democrático en el sentido de responsabilidad y representación. Frente a ello se halla un modelo francés federalista, sí, pero burocrático, con una burocracia quizás no hostil pero sí ciertamente fría hacia la ciudadanía, que no contribuye precisamente a la formación de esta, basada en una determinada concepción del servicio público.
Así pues, oscilamos entre un modelo británico en el que –copiando la fórmula marxista- la Unión Europea es el Consejo de Administración de las grandes empresas, o poco más, y un modelo francés burocrático no precisamente de alma democrática, sino más bien corporativo y elitista. Las perspectivas, pues, de la democracia en Europa son ciertamente halagüeñas. Hay, pues, un problema de representación, una Unión Europea que está más cerca de los intereses económicos que de la respuesta a las inquietudes de la gente de a pie (piénsese, por poner sólo un ejemplo, en lo sagrado de la contención de la inflación y el déficit público, y la inexistencia de una política efectiva en respuesta a las deslocalizaciones) y una burocracia difícilmente apelable. Despotismo público y privado que se retroalimentan mutuamente. Una burocracia y un poder público poco responsables continúan, desde luego, siendo poco responsables, en el ejercicio de una política de seguidismo de la voluntad del capital.
La conservadora teoría post-materialista, muy en boga en la ciencia política y en sectores supuestamente progresistas, sostiene que, pasada una época donde han desaparecido las grandes desigualdades sociales y se ha superado la amenaza de depauperización anunciada por Marx, las políticas y los ciudadanos se centran en cuestiones simbólicas o de calidad de vida, post-materiales, en oposición a las cuestiones materiales, básicamente de procura existencial. La teoría postmaterialista tiene, sin embargo, muchos peros. En primer lugar, la difícil distinción entre cuestiones